martes, 10 de junio de 2008

De grandes es normal que hablemos a los niños de su ANGEL DE LA GUARDA. Nos sería de provecho pensar también en nuestro ángel que, desde el bautismo, está a nuestro lado y nos ayuda de mil modos.
Es verdad: Dios es el centro de nuestro amor.Pero podemos, sin embargo, ver a nuestro ángel de la guarda no como una “devoción privada” ni como un residuo de la niñez, sino como un regalo del mismo Dios, que ha querido hacernos partícipes, ya en la tierra, de la compañía de una creatura celeste que contempla ese rostro del Padre que tanto anhelamos.
Necesitamos renovar nuestro trato afectuoso y sencillo, como el de los niños que poseen el Reino de los cielos (cf. Mt 19,14), con el propio ángel de la guarda. Para darle las gracias por su ayuda constante, por su protección, por su cariño. Para sentirnos, a través de él, más cerca de Dios. Para recordar que cada uno de nosotros tiene un alma preciosa, magnífica, infinitamente amada, invitada a llegar un día al cielo, al lugar donde el Amor y la Armonía lo son todo para todos. Para pedirle ayuda en un momento de prueba o ante las mil aventuras de la vida.
Necesitamos repetir, o aprender de cero, esa oración que la Iglesia, desde hace siglos, nos ha enseñado para dirigirnos a nuestro ángel de la guarda:

“Ángel del Señor, que eres mi custodio, puesto que DIOS te encomendó a mí, ilumíname, guárdame, rígeme y gobiérname en este día. Amén”.

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